| Julio de 1936 |
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| Escrito por Josep Fontana | Público | |
| Monday, 05 de July de 2010 | |
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Lo
que había en España el 18 de julio de 1936 era un régimen democrático
empeñado
en una política reformista, definida así en el pacto del Frente Popular:
“La
República que conciben los partidos republicanos no es una República
dirigida
por motivos sociales o económicos de clases, sino un régimen de libertad
democrática, impulsado por razones de interés público y progreso
social”.
Santos Juliá expone en un
artículo
publicado en El País el 25
de junio una tesis sobre la naturaleza de la Guerra Civil española
que
puede resumirse en la frase con que el propio periódico la sintetiza:
“Las
matanzas en el bando antifranquista durante la Guerra Civil no fueron de
los
republicanos, sino de los partidarios de una revolución social que, de
haber
triunfado, también hubiera supuesto el fin de la República”.
La tesis no es nueva. Es la de los
sublevados –que pretendían que su objetivo era prevenir una imaginaria
insurrección comunista–, la de la carta colectiva de los obispos o la
del
revisionismo neofranquista de nuestros días. No es de extrañar que la
caverna
de Intereconomía haya reaccionado con voces de júbilo para celebrar
el
regreso del hijo pródigo a la verdadera fe.
Tengo demasiado respeto a Santos
Juliá como para despachar este asunto de la manera simplista en que lo
hace
Intereconomía; pero no puedo evitar la expresión de algunas
discrepancias. Lo
que había en España el 18 de julio de 1936 era un régimen democrático
empeñado
en una política reformista, definida así en el pacto del Frente Popular:
“La
República que conciben los partidos republicanos no es una República
dirigida
por motivos sociales o económicos de clases, sino un régimen de libertad
democrática, impulsado por razones de interés público y progreso
social”. Los
“partidos obreros” habían aceptado estos límites por unas razones que
Martínez
Barrio expuso claramente en 1937: “El pacto del Frente Popular fue una
necesidad política y moral, tanto para los partidos republicanos como
para las
organizaciones obreras. Advertían aquellos la rápida desintegración de
las
esencias del régimen y el peligro, cada vez más cercano, de que la
Constitución
del año 31, violada con reiteración, fuera abolida definitivamente. Los
partidos obreros observaban, a su vez, que el terreno legal donde la
derecha
quería colocarlos les traería desastre idéntico al sufrido por las
clases
trabajadoras en Alemania y Austria”.
Aunque hablasen de revolución para
azuzar los miedos de la derecha, los militares y sus asociados se
sublevaron en
realidad contra la democracia republicana. Lo dicen sus primeros textos
internos, como el de Mola, que proclama: “Es lección histórica,
concluyentemente demostrada, la de que los pueblos caen en la
decadencia, en la
abyección y en su ruina cuando los sistemas de gobierno
democrático-parlamentario, cuya levadura esencial son las doctrinas
erróneas
judeo-masónicas y anarco-marxistas, se han infiltrado en las cumbres del
poder”. Lo que debía hacerse era “un corte definitivo, un ataque
contrarrevolucionario a fondo”, de modo que en el futuro “nunca debe
volverse a
fundamentar el Estado ni sobre las bases del sufragio inorgánico, ni
sobre el
sistema de partidos (…), ni sobre el parlamentarismo infecundo y
nocivo”. De
forma más expresiva lo decían los militares de su entorno, que, como nos
cuenta
su secretario en la primera versión de sus recuerdos, sostenían que “hay
que
echar al carajo toda esta monserga de derechos del hombre,
humanitarismo,
filantropía y demás tópicos masónicos”, lo que ejemplificaban con “la
limpia
que hay que hacer en Madrid entre tranviarios, policías, telegrafistas y
porteros”.
Cuando se analiza la violencia
inicial del levantamiento, se puede ver que se trata sobre todo de
asesinatos
preventivos, movidos por el deseo de desarticular hasta sus raíces la
sociedad
republicana. Se mata a alcaldes y concejales, a sindicalistas o a
maestros de
escuela. ¿Cómo explicar de otro modo el asesinato en los primeros días
de
tantos maestros de escuela? ¿O el hecho de que hubiese tantas víctimas
en
provincias que votaban tradicionalmente a las derechas y donde el
movimiento
había triunfado sin resistencia? No eran víctimas de una guerra civil
que no
existía aún cuando sus muertes fueron decididas, sino de un proyecto de
exterminio colectivo.
En un balance sobre la violencia
roja y azul que aparecerá próximamente, José Mª García Márquez ha
reconstruido
la realidad de los asesinatos del verano de 1936 en la provincia de
Sevilla. Se
trata de hombres y mujeres que murieron sin dejar rastro, no porque
fuesen
víctimas de actos incontrolados, sino porque hubo una voluntad
deliberada de
ocultación. Una de las aportaciones más interesantes de su investigación
es la
certeza de que las autoridades de la revuelta tenían exacta noticia de
cada
muerte que se producía. Esta primera oleada salvaje de los muertos en los descampados y en las cunetas, realizada cuando no había motivo alguno que pudiera legitimarla, es la que revela con más claridad la naturaleza y el sentido de esta violencia fundacional. Después empezó una Guerra Civil que desbordó el proyecto político republicano y dio paso a una situación nueva, en que el análisis de la violencia de ambos bandos debe hacerse sin duda con algunas de las cautelas que preocupan a Santos Juliá. Pero la suposición de que la crisis del proyecto del Frente Popular se hubiese producido de todos modos sin la provocación inicial de la revuelta no aparece justificada por el estudio de lo que ocurrió en la primavera anterior. Y, privada de esta legitimación, la violencia azul del verano de 1936 resulta ser el mayor crimen colectivo de la historia de España: un crimen contra la humanidad que no tiene amnistía ni perdón.
Josep Fontana, miembro
del Consejo
Editorial de SINPERMISO, es catedrático
emérito de
Historia y dirige el Instituto
Universitario de Historia Jaume Vicens i Vives de la Universitat Pompeu
Fabra
de Barcelona. Maestro indiscutible de varias generaciones de
historiadores y
científicos sociales españoles, investigador de prestigio internacional e
introductor en el mundo editorial hispánico, entre muchas otras cosas,
de la
gran tradición historiográfica marxista británica contemporánea, Fontana
fue
una de las más emblemáticas figuras de la resistencia democrática al
franquismo
y es un historiador militante e incansablemente comprometido con la
causa de la
democracia republicana y el socialismo. Público, 29 junio 2010 |
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