| Los pecados de Haití |
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| Escrito por Eduardo Galeano | |
| Tuesday, 02 de February de 2010 | |
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La democracia haitiana nació hace un ratito. En su breve tiempo de vida, esta criatura hambrienta y enferma no ha recibido más que bofetadas. Estaba recién nacida, en los días de fiesta de 1991, cuando fue asesinada por el cuartelazo del general Raoul Cedras. Tres años más tarde, resucitó. Después de haber puesto y sacado a tantos dictadores militares, Estados Unidos sacó y puso al presidente Jean-Bertrand Aristide, que había sido el primer gobernante electo por voto popular en toda la historia de Haití y que había tenido la loca ocurrencia de querer un país menos injusto. El voto y el veto Para borrar las huellas de la participación estadounidense en la dictadura carnicera del general Cedras, los infantes de marina se llevaron 160 mil páginas de los archivos secretos. Aristide regresó encadenado. Le dieron permiso para recuperar el gobierno, pero le prohibieron el poder. Su sucesor, René Préval, obtuvo casi el 90 por ciento de los votos, pero más poder que Préval tiene cualquier mandón de cuarta categoría del Fondo Monetario o del Banco Mundial, aunque el pueblo haitiano no lo haya elegido ni con un voto siquiera.
Más que el voto, puede el veto. Veto a las reformas: cada vez que
Préval, o alguno de sus ministros, pide créditos internacionales para
dar pan a los hambrientos, letras a los analfabetos o tierra a los
campesinos, no recibe respuesta, o le contestan ordenándole: La coartada demográfica
A fines del año pasado cuatro diputados alemanes visitaron Haití. No
bien llegaron, la miseria del pueblo les golpeó los ojos. Entonces el
embajador de Alemania les explicó, en Port-au-Prince, cuál es el
problema: La tradición racista
Estados Unidos invadió Haití en 1915 y gobernó el país hasta 1934.
Se retiró cuando logró sus dos objetivos: cobrar las deudas del City
Bank y derogar el artículo constitucional que prohibía vender
plantaciones a los extranjeros. Entonces Robert Lansing, secretario de
Estado, justificó la larga y feroz ocupación militar explicando que la
raza negra es incapaz de gobernarse a sí misma, que tiene “una
tendencia inherente a la vida salvaje y una incapacidad física de
civilización”. Uno de los responsables de la invasión, William Philips,
había incubado tiempo antes la sagaz idea: “Este es un pueblo inferior,
incapaz de conservar la civilización que habían dejado los franceses”. La humillación imperdonable
En 1803 los negros de Haití propinaron tremenda paliza a las tropas
de Napoleón Bonaparte, y Europa no perdonó jamás esta humillación
infligida a la raza blanca. Haití fue el primer país libre de las
Américas. Estados Unidos había conquistado antes su independencia, pero
tenía medio millón de esclavos trabajando en las plantaciones de
algodón y de tabaco. Jefferson, que era dueño de esclavos, decía que
todos los hombres son iguales, pero también decía que los negros han
sido, son y serán inferiores. El delito de la dignidad
Ni siquiera Simón Bolívar, que tan valiente supo ser, tuvo el coraje
de firmar el reconocimiento diplomático del país negro. Bolívar había
podido reiniciar su lucha por la independencia americana, cuando ya
España lo había derrotado, gracias al apoyo de Haití. El gobierno
haitiano le había entregado siete naves y muchas armas y soldados, con
la única condición de que Bolívar liberara a los esclavos, una idea que
al Libertador no se le había ocurrido. Bolívar cumplió con este
compromiso, pero después de su victoria, cuando ya gobernaba la Gran
Colombia, dio la espalda al país que lo había salvado. Y cuando convocó
a las naciones americanas a la reunión de Panamá, no invitó a Haití
pero invitó a Inglaterra. (Escrito el 26 de julio de 1996) |
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